17 de abril de 2009

Así son los sueños

Vives sonriente y sin preocupaciones mientras dura la noche y la madrugada. Las lágrimas son cristalinas y sin sentido… Tal vez sientas afligida el alma, pero el dolor no lo sientes. Si no tienes escapatoria, Algo te arrebata del peligro y te eleva hasta el cielo, es como si pudieras gobernar el mundo de tus sueños. Soñar no cuesta nada, pero podrías perder la vida por estar soñando. Los sueños son los que mueven el espíritu de los individuos que saben cerrar los ojos y ver algo mas allá de sus pestañas contraídas. Si sueñas es porque vives; vives en un mundo donde los sueños no son admitidos, pero que por necesidad aparecen en tu mente. Soñar es la única manera de permanecer sentado en la copa de la Iglesia Medieval. Todo acaba con los sueños, pero sin ellos no podrías empezar. El sueño no se produce en la mente, es una Cosa Rara que sale de tu ser. Tu conciencia actúa en el día y esa Cosa Rara se aprovecha, cuando ésta no está en sus cabales, para hacer sus travesuras. Nada es ajeno a los sueños. Cualquier individuo que posea una conciencia que no sepa lo que hace por las noches, puede soñar, o mejor dicho, puede hacer que la Cosa Rara haga de las suyas. Nadie sueña estando despierto, es decir, una persona con insomnio nunca podrá conciliar el sueño. Para soñar no sólo hace falta cerrar los ojos, es necesario tener la conciencia en blanco, sin preocupaciones, sin pensamientos… Es tenerla fuera de sus cabales.

He soñado. Sin querer entré en el mundo de los sueños y me enamoré. Fue un amor loco y platónico. Era feliz amando así. Cada vez buscaba ver su rostro, pero nunca presentábaseme la oportunidad. En ocasiones veía rastros de su ser caminando por la laguna del ayer. Era un destello de luz por la ventana, una estrella diminuta en el universo. De su rostro descendía una larga cabellera de color negro azabache. En mis sueños la tocaba, pero su piel era insegura, sin lucidez, ni conjetura. Mis movimientos eran torpes e iracundos. La tocaba como quien quisiera recibir un milagro de su manto, manto que cubría su cuerpo tenue y sublime. Era un sueño, lo sabía, y sin embargo la amaba. La amaba porque el tiempo así lo quiso. Faltó poco para que ella voltease a ver quién era Yo. Sin querer, puso su mirada fija sobre mis ojos y me permitió ver un sendero entre sus pupilas. De su iris salía una luz resplandeciente, semejante al sol que sale por entre las montañas. ¡Debo estar soñando! me dije para mí, mientras mis pies tomaron vida y se movieron hasta su anatomía.
Mis pies murieron, pero mis manos actuaban por sí solas y acariciaron sus mejillas. Tardé un segundo en sentir su sedosa piel, sin manchas, sin arrugas, sin maltratos de la vida. ¡Esto tiene que ser un sueño! me repetía cada vez. Busqué sus ojos inútilmente entre el cabello que brotaba de su cabeza. ¿De dónde procedía aquella luz que me condujo hacia su cuerpo?

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