25 de febrero de 2011

Diana y Teresa

Muchas personas sienten un gran vacío interior, un vacío existencial. Es como un hueco profundo que no logran llenar con nada. Son como caminantes errantes que no saben hacia dónde se dirigen sus pasos. He aquí la filosofía. Desde antiguo se ha hablado de una dualidad en el ser humano: alma y cuerpo ¡me gusta Platón! Según este carismático filósofo de origen griego, poseemos un alma que anhela estar con su creador. A medida que nos alejamos de él, vamos experimentando más profundamente ese vacío existencial en nuestro ser. Mi amigo platón sustentaba que lo que vemos en este mundo es una sombra, un reflejo de lo que está en el mundo de las ideas, haciendo alusión a un “mundo” fuera de nuestro mundo. Podríamos atrevernos decir que ese mundo del que habla Platón es el cielo de los cristianos, o por lo menos, la idea que tenemos de cielo, es de una forma u otra platonista. De manera que, siguiendo la línea platónica de que el alma encarcelada en el cuerpo humano, en su anhelo de volver donde su creador, podemos afirmar, utilizando las palabras de San Agustín, que Dios nos hizo para él y nuestra alma estará inquieta hasta que descanse en él.

Nosotros podemos darle todo el gusto a nuestro cuerpo, por lo regular lo hacemos para no sentirnos vacío, y sin embargo continuamos igual o quizás peor. Entonces, ¿a qué se debe cuando una persona tiene todo para vivir bien y feliz y sin embargo es infeliz? Para responder a esta interrogante, sírvanos el ejemplo de dos amigas con historias parecidas, pero de clases sociales diferentes: por un lado está una muy rica, hermosa y llena de fama, en pocas palabras era una princesa. Diana de Gales. Por otro lado estaba, casi en contra posición, la otra que era pobre, fea, pero con un poco de fama. La Madre Teresa de Calcuta.

Ambas trabajaban en pro de una causa común: los pobres. He aquí la teología. La rica acudía donde la pobre a buscar consejos, paz espiritual. La hermosa era infeliz, más la fea era feliz. Ambas movían multitudes y eran queridas por el mundo entero.

La princesa murió trágicamente en un accidente automovilístico, cosa ésta que conmovió al mundo; la monja murió en su lecho, y al igual que la princesa, su muerte conmovió al mundo. Sin embargo, al funeral de Teresa acudieron más personas y personalidades que al de Diana ¿qué sucedió aquí? Sencillo, Diana provocaba en la gente admiración: la idea de cómo una mujer tan joven y hermosa pudiera tener todo lo necesario para ser feliz. En cierto sentido provocaba envidia. En contra parte a esto, Teresa provocaba en la gente, a demás de admiración, una sensación de paz. Es como si ella llenara a la gente de Dios, provocaba en ellos un acercamiento espiritual.
La grandeza del ser humano radica en reconocer a Dios como el único que puede darle la felicidad anhelada. Sólo Él es capaz de llenar, saciar, nuestro vacío existencial. Y en su Hijo, Jesús, encontramos nuestra plenitud como humanos.

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